Cuando era adolescente, me uní al equipo de alabanza de mi iglesia local. Cada domingo, antes del culto, nuestro pastor reunía a quienes servíamos en la liturgia y oraba por nosotros. Sus palabras cambiaban semana tras semana, pero había una frase que nunca faltaba:
“Señor, estamos en el aposento alto, y venimos con la expectativa de que Tú te manifestarás y nos bendecirás como solo Tú puedes hacerlo.”
Esa declaración marcó mi discipulado y mi manera de entender el liderazgo. Hasta el día de hoy, vuelve a mi espíritu cada vez que me presento ante Dios y ejerzo mi ministerio. Me recuerda que el discipulado y el liderazgo nunca dependen de nuestra fuerza, sino de la presencia fiel de Dios irrumpiendo en medio nuestro.
Hoy, quiero invitarnos—laicos y clero—a recuperar esa postura del aposento alto. El libro de los Hechos nos dice que, en Pentecostés, los discípulos no estaban diseñando estrategias ni resolviendo problemas. Estaban esperando. Estaban confiando. Estaban creyendo que Jesús cumpliría su promesa: “Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes.”
Esperaron—juntos—anhelando que Dios hiciera lo que solo Dios puede hacer. Y sucedió. No porque lo merecieran ni porque lo planearan, sino porque el Espíritu Santo es don gratuito. El Espíritu vino como viento, como fuego, como santa interrupción—y la Iglesia nació.
Me pregunto si, bajo el peso de nuestras responsabilidades y el cansancio de liderar en medio de la división, la polarización y la incertidumbre, hemos dejado—silenciosamente—de esperar al Espíritu así.
Si hemos dejado de esperar que el Espíritu se manifieste con poder. Si hemos dejado de creer que Dios todavía puede irrumpir con viento y fuego en nuestras comunidades y ministerios. Recordamos y predicamos Pentecostés cada año, pero… ¿todavía vivimos Pentecostés?
Romanos 5:5 nos recuerda que nuestra esperanza no es ilusión: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.”
Dado—no retenido. Dado—no solo a la Iglesia primitiva, sino también a la Iglesia de hoy. A ti. A mí.
La vida, el discipulado y el liderazgo no son fáciles. Pero el Espíritu no está ausente en la lucha. El Espíritu nos encuentra allí—soplando esperanza en los lugares secos y reavivando la llama donde solo quedan brasas.
Por eso hoy les pregunto—de discípulo a discípulos, de pastor a pastores, de obispo al amado pueblo de Dios: ¿Hemos dejado de esperar al Espíritu? ¿Hemos dejado de esperar que Dios se mueva con poder?
Pentecostés no es un recuerdo. Pentecostés es una promesa cumplida. Y el mismo Espíritu que encendió la Iglesia primitiva sigue moviéndose, sigue enviándonos, sigue capacitándonos para la obra que tenemos por delante—si lo recibimos.
Mi oración es sencilla: Que recuperemos una postura de pentecostés—una postura de expectativa, entrega y apertura.
Porque el Espíritu sigue siendo dado gratuitamente. Porque la Iglesia sigue siendo enviada. Porque Dios no ha terminado con nosotros.
Vivamos nuestro discipulado, nuestro liderazgo, nuestra predicación, enseñanza y servicio con la convicción audaz de que el mismo Espíritu que llenó aquel aposento alto está soplando vida en nosotros hoy. Vivamos con la expectativa de que Dios se manifestará y hará lo que solo Dios puede hacer.
¡Ven, Espíritu Santo!

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